domingo, 8 de julio de 2007

POSTAL NRO DOS: ...recien venía por la calle y me encontré con mi amigo Bruno. Charlamos un rato banal y banamente. No es que yo sea un tipo frívolo o con falta de interés en lo cotidiano. Todo lo contrario. Pero justo ésta mañana no podía ser yo mismo. Resulta que por la noche, encontrándome en un pub mirando un espectáculo de esos llamados “para gente culta”, y reflexionando sobre el esfuerzo sostenido del artista por mantener la concentración en su juego violinesco, dudé en tomar esa copa que me invitaban y que yo consideraba que estaba de más. Esa copa, que podía servir para amedrentar el aburrimiento y el poco interés que provocaba la música y para no caer en el esnobismo de la pseudo crítica aburguesada del público del lugar, esa copa llenó mi buche de whisquy y lentamente bajó quemando mi garganta y el pecho emanando el fuerte alcohol por mis fosas nasales. Bruno me preguntaba sobre el trabajo y yo estaba con esa copa en la ventana de mi mente. ¿porqué la habré tomado? Me preguntaba. ¿realmente era necesaria? pensaba mientras le contestaba a Bruno que estábamos oprimidos por el jefe de personal quien ayer había perdido a su madre en terapia intensiva por supuesta negligencia del personal médico (en ves de poner amoxilina en la receta pusieron adrenalina, grosa distracción y error), y estaba muy neurótico hoy. Bruno, mientras tanto, me instaba a no preocuparme y me contaba sobre sus proyectos laborales y sobre lo bien que encarnaba su encarnada camiseta de la empresa privatizada en la que trabajaba. Casi sin escucharlo reflexionaba yo sobre la madre de mi jefe y sobre mi madre. ¿Acaso esa copa de más no la había tomado para no pensar en mi madre? ¿El recuerdo de esa mujer que sólo por cortesía había ido yo a ver, me remontaba directamente a mi madre? No podía ser, me decía yo. Nunca toleré los besos y abrazos maternales así que no podían conmoverme para nada la situación límite de la madre de mi jefe en terapia. Bruno presumía arrogantemente con su estatus. Yo observa sus gesticulaciones faciales y el movimiento de sus manos. Me perdía en mis pensamientos. De vuelta esa copa de más! El control policial de camino a casa lo pasé debido a mi habilidad para jugar y marear con las palabras. ¡Suboficial! ¿Cómo va con el control ésta noche? ¡Porqué los conos de señalización están desalineados! reproché con autoridad. El joven suboficial que aturdido de tanto control a esa hora de la madrugada no entendió si se trataba de un borracho o si era uno de esos operativos sorpresa del cual son víctimas ellos cuando un superior vestido de civil los vigila y acosa. Con esa envestida de carácter y con otras mañerías aprendidas de tantas novelas policiales leídas, pasé y logré esquivar la multa por conducir alcoholizado. Sin embargo, es noche no pude dormir pensando en lo caro de esas multas. Di vueltas en la cama mientras clareaba afuera y mi madre se disponía a levantarse… Cuando me di cuenta, Bruno ya me daba la espalda encontrándose a más de media cuadra. Me apresuré a llegar a la comisaría para declarar sobre la muerte de esa vieja que tan inoportunamente se dejó matar por esos que hicieron el juramento hipocrático. Se trata de un sanatorio cuyo dueño nunca fue médico sino siempre comerciante y entonces explota a enfermeros, médicos y personal a cargo en la administración y demás tareas. Sólo porque estuve dos horas antes con la madre de mi jefe fui citado. En la exposición policial figura ahora que sólo vi a esa señora unos minutos antes del paro cardiorespiratorio por exceso de adrenalina rato antes inyectada, que estaba sudorosa y como dormida, que no intercambiamos palabras, que vi una rosa roja sobre la mesita de luz. Además, consta en acta, la charla que tuve con Bruno hacía un rato, que por ser director de ese sanatorio, el policía debió sentar palabra por palabra. Por supuesto que Bruno aún no está enterado de nada de lo sucedido con la señora, o seguramente ahora estará con cara larga. Relaté extensamente la relación de mi jefe con su madre, que yo la conocía porque siempre ella llegaba a la oficina a reprocharle asuntos familiares. Tomaron nota sobre la copa de más esa noche en el pub la cual me produjo seguramente cierta amnesia. No sé si esto último era válido para la investigación, pero debieron tomar nota en la dependencia policial porque una angustia grande me oprimía el pecho por no saber si esa copa de más me distorsionaba o no la realidad contada. Pedí al oficial actuante que pusiera cada palabra que de mi boca salía, y de a rotos yo lo cortaba para que corrigiera. El oficial Chayle repercutía el teclado de la vieja máquina sobándose el bigote con mal humor por cada vez que yo corregía algo y por lo extenso del relato. Tres horas cincuenta y tres minutos estuve declarando. Quise que cada detalle quedara asentado. Ayer a la tarde con la esa señora santa, anoche en el bar, el esquive del control policial, la charla con Bruno esta mañana temprano, la relación con mi jefe y la relación de él con su madre, y por sobre todo dejar bien en claro que yo había bebido anoche una copa de más. Esa copa de más… esa copa de más… esa copa.

"¡Bueno licenciado!, ¡Tengo que irme para llevar a mi madre al médico!, Me había olvidado de eso… pobre vieja! Me debe estar esperando. Y usted disculpe por cortar yo la sesión de hoy. Lo veo en la próxima para ver si podemos dar al fin con mi problema!*********************************************************

POSTAL NRO UNO:
Caminó por la vereda de siempre esa siesta calurosa y ventosa catamarqueña. Ni un alma en la calle, solo viento, arena irritante en los ojos, piel melosa y transpirada, basura revoloteante y sus pasos lastimosos sin llegar a ninguna parte. El chico en la calle sentía el olor a pis de sus calzoncillos y pantaloncitos cortos que hace días que no se cambiaba. Caminó una cuadra, luego dos, se cruzó con un perro flaco y sarnoso cabizbaja, más allá pateó una de esas naranjas porosas que no se comen y crecen en los árboles de las veredas, olió el olor a asfalto caliente que hervía en la calle. Así un rato. Se sentó al fin en un escalón de una entrada de una institución que no podía ver de qué se trataba. Miró hacia su patio de entrada y se coló para chupar del grifo un poco de agua. Sus manos embarradas de betún sintieron el frescor del cristal líquido que luego bajo por su seca garganta. Se mojó un poco la frente y sintió el golpe en la espalda. Sus dientes se astillaron al dar contra la canilla y empezó a babear sangre. Atrás de él un agente de policía le ponía una bota encima: ¡eh boludo!¡Porqué mierda pisás las plantas! ¡rajá a la mierda yá! - dijo el desencajado suboficial Pollito – que ese era el apodo que le habían puesto en la calle por su pelo amarillo naranja – en estado de gratuita angustia y dolor de boca lloró desesperado, se agarraba la cara y las lágrimas le inundaban los cachetes atierrados. Cayó doblando sus piernitas al piso mientras el hijo de puta del policía lo levantaba de la oreja y lo arrastraba hasta la calle. Los alaridos de Pollito y la desesperación por safarse sólo hacían un eco sordo a la distancia allá en el barrio y no conmovían en nada al desalmado. Pollito rogaba a los gritos que lo suelte y ya en la calle maldijo a su agresor con llantos en impotencia mientras el otro agarraba su cachiporra y golpeaba las rejas entrando a la institución y sin decir mas nada.
¡Qué injusticia! ¡Qué acérrima crueldad para con pollito!
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